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Lucas Alonso Escritor

sábado, 24 de septiembre de 2016

Cuento del sábado: El Universo depara sorpresas



El universo depara sorpresas






Ese día estaba bastante inspirado, por eso, decidí poner unas palabras con el teclado.
    Luego de una corta frase que ahora no recuerdo, junto a una coma, sin querer, apreté mayúscula. Grande fue mi sorpresa cuando vi el resultado: una “,” Mayúscula ¡Pero mi asombro no terminó ahí! Llevado por el nuevo descubrimiento probé con un signo de interrogación. Esta vez, no salió mayúscula. En cambio, apareció un símbolo cuneiforme mesopotámico. Entonces, entendí que no eran mayúsculas.
    “Algo debe de estar pasando con el teclado,” pensé mientras tiraba letras al papel virtual y más letras sumerias salían. También descubrí que, si apretaba dos veces una letra, aparecía un nuevo significado, distinto del primero. Los símbolos representaban: “A”, ondas de agua,  “B”, beber y también buey, “C”, cebada y también cabeza, “D”, doméstico y hombre, “I” ir, “P” pez, “M” montaña, “T” Tierra y territorio, “V”, mujer. Como sólo tenía que poner la letra y salía en este idioma, al final aprendí a escribir un poco de sumerio. Luego, lo único que tuve que hacer fue aprender cómo se relacionaban los símbolos.
    Soy traductor de idiomas mesopotámicos, y nadie sabe mi secreto.

    El universo depara sorpresas…   

















lunes, 19 de septiembre de 2016

F.l.i.a La Plata 2016

viernes, 16 de septiembre de 2016

Poesía para un día sábado: La invasión de los panaderos

La invasión de
los panaderos


Hay un instante, en otoño, cuando las hojas amarillas y anaranjadas se funden con el atardecer. Ahí, empieza la magia…

Los árboles hablan con el viento,
 el humano baila con el árbol;
una canción de amor se oye entre las hojas danzarinas.

Pequeños seres se esconden y agregan compases y acordes.
Compañero grillo, ¿dónde te has metido?
¿Has volado por ahí sin rumbo fijo?

La arena se zambulle en la marea.
Escuchemos el canto del agua y…
Que los panaderos vuelen hacía el verde gramillo.





viernes, 9 de septiembre de 2016

Cuento del sábado: Caballero sin caballo

Caballero sin caballo




Con su armadura oxidada iba el caballero sin caballo, hacía un sinfín sin destino. Su camino era difícil, de esos traicioneros, donde un pozo puede contener una serpiente y cada esquina deparar un desafío.
    No había recorrido mucha distancia cuando la primera extrañeza de su aventura se le apareció en forma de serpiente emplumada.
    Nunca creyó que un ser así pudiera existir. Pero ahí estaba, flotando en el aire con un cuerpo verde lleno de escamas y dos pares de alas, de plumas rojas y azules.
    La serpiente emplumada dejó asomar su lengua bífida y preguntó:
    ¿A dónde quieres ir, si aún no conoces tu camino?
    El caballero, sorprendido de que la serpiente hablara, respondió:
        Se hace camino al andar y si uno se pierde, se desanda.
La serpiente hizo otra pregunta:
    Entonces, ¿aceptas que puedes estar en el camino equivocado?      
    El caballero vio que la serpiente tenía intención de confundirlo y respondió:   
    —No importa si avanzamos o retrocedemos, siempre estamos en el mismo lugar. Sólo cambia el escenario. Pues como el camino es ilusión, es todos los lugares al mismo tiempo.
    La serpiente se esfumó.




    

lunes, 5 de septiembre de 2016

En esta pre-primavera, se viene la feria del libro independiente de la ciudad de la Plata


Este mes primaveral, se viene la Feria del libro Independiente de La Plata. Un espacio de encuentro entre editoriales, con música en vivo, charlas, talleres, proyecciones y más...
La F.L.I.A se hará los días 17 y 18 de septiembre a partir de las 13:00 hs en la plaza San Martín 54 e 6 y 7. 





viernes, 2 de septiembre de 2016

Cuento del sábado: El Planeta Rojo

El Planeta Rojo 



i

Thephoris era diplomático y hacía varios años que trabajaba en el imperio del Polo Norte. Elyseum, donde intentaba saldar cualquier inconveniente que pudiera surgir con el otro imperio del planeta, el sureño imperio regido por la estrella Antares, la corporación Atlantis.  
    El sueño de toda su vida, era la unión de los dos reinos en una sola nación planetaria, intentar lograr esto, le había llevado mas esfuerzos de los que deseaba.
    Las potencias que actuaban como fuerzas de contingencia, Thephoris sabía que le iban a hacer lo imposible para que no lograra su objetivo. “Tal vez, la ubicación astrológica de mi amado mundo en el Universo, impide un mayor avance’’ decía.
    El día anterior, su ayudante Hellium había invadido su intimidad y sueño al despertarlo de mañana por el intercomunicador planetario. El tema: un problema climático en los ecuadores.
    El lugar referido, era la línea divisoria marcada por las luces cristalinas láser. Eran los límites que marcaban la frontera entre los dos reinos polares. Las luces cristalinas bordeaban todo el ecuador del planeta.
    Thephoris recordó que el día anterior fue cuando le llegó la noticia de boca de Hellium. Ahora, un sentimiento de que las puertas de un infierno habían sido abiertas le provocaba un extraño cosquilleo interno.
    Era una premonición que estaba dentro de él.
    ¿Qué sucedería en su amado mundo? En este hermoso mundo de infinitos oasis, de desiertos mezclados con selvas, que invitan a recorrerlo, pues la temperatura es muy benigna.
    El clima no reclamaba más que estar bien provisto de víveres y de una bolsa de dormir para recostarse y mirar el cielo estrellado y al planeta azul que todas las noches, se eleva por uno cielo solferino.
    ¿Cambiaría algo de las frágiles selvas que crecían en infinidades en todo su mundo y que, como joyas verdes, como jardines perfectos, llamaban al deleite y a la meditación?
    ¿Era ésta una fisura entre los dos imperios surgida de la nada con la que se encontraría al llegar en barco a su destino?
    Thephoris no quiso seguir con mas especulaciones. Dejó sobre la mesa el cilindro con la bebida caliente que acostumbraba tomar en las mañanas y partió en busca de un taxi que lo llevara al puerto donde una embarcación lo esperaba.
    Tenía por delante dos días de travesía.

II

Al paso del taxi triciclo descubierto, la hermosa capital de Elyseum se levantaba majestuosa con sus torres de cristal.
    Thephoris ahora estaba rodeado de jardines colgantes de vasta vegetación, con profusión de flores. Iba a cien kilómetros por hora, por una de las avenidas principales de arena vidriada. Cada mil metros, la avenida a sus costados, cambiaba de especies vegetales, aromas y colores que él ahora disfrutaba.
    Edificios piramidales o de otras formas como las esféricas, se levantaban en cada esquina. En sus intersecciones, las avenidas de grandes obeliscos de cristal cortaban la capital en ángulos de cuarenta y cinco grados.
    El viaje no duró mucho y, en menos de dos horas, se trasladaba por la avenida costanera.
    A diez kilómetros de distancia, con la pirámide del Gobierno Central se elevaba como un cerro y era rodeada por cientos de otras pirámides mas pequeñas que a la distancia crecían de manera escalonada. 
    Un movimiento incesante de cargas de diverso tipo se desplegaba por tierra y aire con diferentes destinos a todas partes del sureño Atlantis.    
    —¡Profesor Thephoris! ¡Profesor Thephoris!
    Ahí estaba su ayudante. Este lo esperaba para despedirlo junto al muelle y, al llamarlo profesor, le recordaba su antigua profesión, pues Hellium había sido alumno suyo y nunca había dejado de anteponer el título al nombre.
    —Ayúdame a bajar de este vehículo y dame un abrazo.
         Hellium ayudó a bajar a Thephoris y este agregó:
    —La misión que me espera necesita de todas mis fuerzas. 
    Hellium ayudó a su viejo profesor y mentor a bajar del triciclo y, luego de abrazarlo como a un viejo amigo, lo acompaño al embarcadero.
    —Tiempos difíciles nos esperan —decía Thephoris con su caminata dificultosa por la edad y su media sonrisa característica—. Si lo que tú dices es cierto y mis conjeturas también, el principio de un posible fin se cierne sobre nuestro bello y  frágil mundo.  
    Su alumno, mientras seguía sus pasos, meditó un momento y dijo:
   —La alineación de las estrellas así lo marcan. Estoy seguro de que hay un cambio en el clima de nuestro planeta. Esto sucede cara cuarenta mil años y todos los gobernantes y sabios de nuestro mundo parecen haberlo olvidado —el joven y astuto discípulo miró a su profesor para ver si agregaba algo y, viendo que no, concluyó—: Acá está el informe, profesor Thephoris.
    Le alcanzó una carpeta de proporciones considerables con dibujos estelares en azul y amarillo dorado. Hellium se cubrió los hombros con su capa para protegerse de la fuerte brisa del mar le enfriaba el cuerpo, y dijo:
    —¡Que los dioses de Arcturo te guíen, sabio Thephoris!
    —El camino estelar guiará a nuestro velero por el mar —Thephoris hizo una pausa donde Hellium vió el brillo característico de los ojos de su mentor—. Tal vez, cuando llegue a mi destino, no encuentre nada…
    Embarcó rumbo al mar de las Sirenas, donde en sus aguas tropicales, la naturaleza universal, había creado los mas magníficos especímenes de grandes peces que un mundo pudiera contener. Los peces rojos pegasus con sus colas multicolores de hasta doce metros que, para observar desde la superficie marina  a las embarcaciones, siempre se acercaban con sus grandes ojos curiosos.
    Hacía tiempo que no subía a un barco y, a pesar de la obligación de su misión, estar de nuevo en el mar le causó placer y nostalgia de tiempos pasados. Además el camarote que recibió por su cargo en el Gobierno Central era casi tan amplio como su propio departamento.
    Desde la ventana oblonga lateral tenía una magnífica vista del mar oscuro y profundo. Contempló el paisaje por la gran ventana. A Thephoris el paisaje le despertó el apetito, entonces pidió algo de comer.
    Mientras esperaba, se recostó en un mullido sillón…
    El atardecer lo deleitó con un horizonte de anillos provocado por las lagunas artificiales que causaban una especia de hipnosis al paso de la embarcación mientras también revelaban la forma redondeada de la costa.
    El agua marcaba líneas doradas por la caída del sol.
    La primera noche, Thephoris se quedó en la cubierta. La estrella Arcturo se elevó marcando el polo norte y, la brisa marina le rozó la cabeza.
    Pasó la noche mirando el firmamento y, pensando soluciones para un problema que aún no podía palpar. Cuando el amanecer con el planeta azul se asomó en el horizonte, decidió ir a descansar.
    El segundo día navegaron por donde los monzones todos los años nacen desde la salvaje Zephyra.  
    Observó
    Los cultivos de algas azules que se extendían hasta el horizonte visible y daban alimento y abundancia a su planeta. Eran también la tranquilidad de su gente y la paz de su mundo.
    Implantadas por ambos Imperios, los campos marinos proveían de un alimento proteico y tan abundante que no hacía falta disputar.
    Milenios pasaron desde que Elyseum y Atlantis se organizaron para crearlos. La labor y su uso los había unido en una paz duradera y Thephoris, como buen diplomático, estaba orgulloso de los campos de algas azules.
    El tiempo transcurrió en un campo de algas casi infinito. Pero antes de llegar a destino, a media mañana del segundo día de travesía, primero como un espejismo en los horizontes de algas, luego, en contraste con el mar azul profundo, en pequeños manchones de arena, aparecieron de la nada desiertos rojizos.
    Sí: sus oscuros pensamientos eran certeros. Un golpe al orgullo de su raza aparecía en forma de arena pantanosa.
    Los cultivos marinos eran el orgullo de su humanidad y ahora estaban siendo atacados por un virus de arena roja.
    Esa mañana Thephoris permaneció observando las manchas grotescas de arena que ensuciaban las algas. Con perspicacia, se dio cuenta de que esa aparición se debía a cambios en los ciclos naturales, que la matemática certera de su sabio ayudante Hellium le había mostrado días atrás con firmeza aplastante.
    Una gran angustia llenó su pecho.
    Pensó que individuos de pobre mentalidad, cercanos a las sedes de poder, utilizarían esta información para crear conflictos.
    A la tarde, la embarcación de ciento cincuenta metros de eslora, tuvo que maniobrar contra un banco de arena amarilla pestilente. Thephoris con tres ayudantes trasbordó a una lancha de navegación por esos pantanos para continuar rumbo al ecuador. Los demás quedaron en el barco para pedir ayuda a causa de esas malas nuevas.  
    Para esta época del año el clima de la zona ya no parecía el mismo. Un viento caliente llegaba desde los ecuadores y por las lecturas de los mapas electrónicos, faltaban selvas de importancia. Parecía que todo había sido tragado por un pantano arenoso en plena expansión.
    Por la falta de agua, la lancha se deslizaba por la arena.
    A media tarde, debieron seguir a pie.
    Llegaron a un área ecuatorial que, ahora, separada por grandes avenidas de arena roja, otrora, ya no estaba salpicada de oasis vegetales.
    Descansaron en el nuevo desierto para continuar al día siguiente.
    A media mañana del tercer día de travesía, un nuevo desierto de promontorios de roca, que antes tapaba la selva, se extendía por todas partes.    
    “Es inesperada la velocidad de este cambio”, pensó Thephoris ya agotado, cuando el intercomunicador de cristal de cuarzo que llevaba en la cintura, empezó a sonar con una suave campana y a titilar con una luz rojiza.  Hellium lo llamaba.
    Como si los acontecimientos hubieran provocado en su discípulo un cambio de personalidad, antes diplomática y ahora belicosa, Hellium nervioso pero con voz firme expresó:
    —¡El imperio de Atlantis está preparando rayos láser en dirección a Elyseum, nos culpan de iniciar una guerra climática con armas biológicas! —hizo un silencio que a Thephoris le pareció eterno y, continuo—:  Nos dan dos semanas para revertir los cambios climáticos que afectan los cultivos de algas y la captura de peces. La población de peces pegasus que consumen los atlantianos  está disminuyendo y también nos culpan de ello.
    Tuvo la impresión de que una nube negra se asomaba y cubría todo su mundo. Thephoris vio que, desde dimensiones eterices y no visibles a los suyos, la contingencia ganaba poder y hacía trizas sus deseos de unir a todo el planeta en un solo imperio. Pensó en llamar al grupo de sabios del gobierno de Elyseum para hablar con Atlantis de lo que él ahora sabía.  
   
III

Sin embargo, aunque Thephoris y su ayudante Hellium explicaron el asunto, que eran cambios provocados por un ciclo planetario, y que muchos más en Atlantis también lo hicieron. Las fuerzas de la contingencia tomaron poder de las débiles voluntades de gobernantes sin espíritu. No paso mucho hasta que el conflicto armado se desató por todo el planeta rojo y ya no solo los desiertos avanzaron, sino que las dos grandes civilizaciones polares quedaron hechas escombro y polvo.
    El planeta Marte nunca más se recuperó de ese desastre hasta la llegada del hombre del planeta azul.  




        
    

sábado, 27 de agosto de 2016

Cuento del sábado: Biografía de un escritor argentino

Biografía de un autor argentino




Aparte de su gran amor por la literatura, siempre fue un entusiasta investigador. En el año de 1999 se animó a anotarse en el instituto Balseiro de Bariloche. Ingresó con alto puntaje y se especializó en astrofísica. En 2001, conoció al investigador ruso Nikolai Kozlov, hombre muy reconocido en su país. Este, sería muy importante en la vida de nuestro autor. Al tiempo, Nikolai, encantado con la literatura de nuestro amigo, comenzó a traducir los textos a su idioma natal.
    Por otro lado, entre los dos surgió una gran amistad y en el año 2001, en una primera misión investigativa, que sería el inicio de otra mucho más grande. Al igual que el gran escritor de ciencia ficción inglés, Charles Darwin, hicieron una excursión a la isla de los Estados. Este viaje inspiró a nuestro amigo a la que sería su segunda novela. En la misma época, Nikolai, conocedor de la extensa Siberia, introdujo a nuestro compatriota en el conocimiento de la teoría de la Tierra Hueca del norteamericano William Reed. Nuestro amigo, supo así, por otra fuente, algo que ya intuía desde hacía más de una década: El pueblo ruso, entre sus muchos secretos, desde hace más de cien años, realiza incursiones a esa tierra que está más allá del polo geográfico.  
    “No existen los polos físicos. Yo mismo lo he comprobado, en varios viajes a ese mundo desconocido”, decía sin cesar Nikolai, mientras sin darse cuenta y como en su época le debieron haber soplado al francés Julio Verne, influenciaba a su camarada en futuros trabajos.
    En 2003, este escritor y científico argentino, junto a su camarada ruso, se instalaron en San Peterburgo, donde la editorial Semiónov los esperaba para publicar. Días después, a comienzos del verano ruso, se prepararon para el gran viaje a la Siberia, más precisamente a la ciudad de Anádyr, desde donde intentarían llegar al paralelo sesenta. Nikolai decía que a partir de ese paralelo, el clima se hacía cálido y se podía entrar en un nuevo mundo. Por el lapso de dos años, nada se supo de este escritor y científico argentino y de su amigo de origen ruso. Lo que sí se sabe, es que a partir de esta aventura, surgieron sus dos famosos libros de cuentos escritos en español y traducidas al ruso.

    Los cuentos que entran  en esta antología pertenecen a esa época. Aunque es considerado un escritor de ciencia ficción, nuestro compatriota nunca dijo que sus relatos fueran fantasías o invenciones suyas. Por esta razón, aunque por lo fantástico así lo aparentan y a diferencia del escritor de ciencia ficción del siglo XIX Charles Darwin, no sabemos cuánto de ficción hay en sus relatos. 




viernes, 26 de agosto de 2016

Se viene, ya llega... Feria del libro independiente de Bolivia, La Paz.


sábado, 20 de agosto de 2016

Cuento del sábado: Una Construcción Simétrica

 Una Construcción Simétrica




Una construcción simétrica, es un proyecto de producción de  civilizaciones ordenadas, dinámicas e independientes. Este llega a su ciclo final de realización cuando el individuo promedio, puede realizar su máxima iluminación o sea la realización de sus proyectos personales.
    Así lo traduje por mi conocimiento de las tablas cuneiformes que traía por triplicado en documentos a los que nadie, antes de que subiera al avión en Tel-Aviv rumbo a París, debía tener porque estaba en riesgo mi propia vida. El problema era el conocimiento de esta información, pues este primer y extraño párrafo que no sorprenda al lector es el principio de las tablillas recién traducidas, ahora en 2007, del milenario pueblo sumerio, “Pueblo de los cohetes”. Ahora que tenemos las tablillas, sería la mejor traducción. También espero que los gobiernos que recibieron esta información finalmente la den a conocer. Por mi parte, ya la estoy volcando en la red. Pero vayamos paso a paso.
    Si alguna sensación podría definir el sentimiento que en ese momento me embargó, al tener estos documentos, fue de felicidad, con mariposas flotando en mi estomago. Abría deseado que aquel instante nunca acabara, no llegara a su final, y que pudiera, si esto fuera posible, continuar solamente descansando y disfrutando de lo logrado. Pero como quien sabe nadar en aguas turbias, y como quien tiene la certeza de que no debe quedarse demasiado en un mismo lugar. Debía salir. Eso fue lo que hice.
    Tomé un vuelo Tel-Aviv – París y, una vez en el aeropuerto, llamé a Jean Pierre desde mi celular.
    —¡Jean Pierre Jean Pierre! —grité, ni bien logré la comunicación.
    El lector tendrá que comprender que mi alegría estaba en proporción a mi hallazgo, pues era la primera persona conocida con la que hablaba desde hacía, una semana, al menos. Y él respondió:
    —Sí, Max ¿Qué tal el vuelo?
    —¿Te sorprendería si te dijera que de maravilla? Como pocas veces. Siento que vengo con viento de cola.
    —Debo adivinar que las cosas van bien, entonces —dijo Jean con un poco de reproche en la voz. No hice caso a eso, y seguí:
    —Sí, se puede decir que fue una especie de milagro—guardé silencio un momento, sabiendo la reacción que provocaría lo que dije luego:
    —Los dos viejos estarán más que conformes con el resultado…
    —No quiero sonar cursi —dijo entonces Jean—. Pero... ¿tienes los números? ¿Existían esos números que estos viejos locos quieren?
    —Si no me crees, pasa a buscarme por el aeropuerto.
    Jean apenas cortó, con su innata inquietud, salió del castillo que los dos viejos filántropos nos habían dejado como base de operaciones, hasta que termináramos el encargo y, como sabemos, ya estaba concluido.
    Ansioso como es, subió al Citroën y, en dos minutos y poco, recorrió los quinientos metros de bosque que separan al castillo de la autovía. Luego transitó los ciento cincuenta kilómetros hasta el aeropuerto de París. Diré también que no le fue difícil encontrar a su compañero y socio. 
    Jean fue el primero en hablar:
    —¡Ahora no me puedes mentir! —hizo una pausa y me miro con más atención—. Dime… ¡que no aguanto más! ¿Es verdad que conseguiste lo que estos locos piden?
    —Acá están todos los datos —recuerdo que dije, para luego agregar:
    —En forma de disco láser, en forma de papel, fotocopiado, triplicado y en un papel amarillo muy popular allá, que se supone es ultrarresistente.
    Como si su equipo preferido de fútbol, el Inter de Milán, estuviera a punto de meter un golazo, Jean se agachó un poco con las intenciones de empezar a saltar, y así lo hizo, mientras decía: 
    —¡Nos hicimos acreedores de 200.000 Euros!
   —Sí, Jean —fue mi corta respuesta, mientras le daba unas palmaditas en la espalda—. Aunque no lo creas —y cansado por el viaje, terminé diciendo, para calmar la ansiedad de mi amigo y socio:                  
    —Vamos a buscar el auto que, mientras manejás, te cuento.
    Emprendimos el viaje hacia el castillo que, como les dije, nos habían asignado como centro de operaciones para la misión y, que conseguimos con Jean al responder al aviso que apareció en el periódico: “Se buscan expertos en arqueología para viaje de investigación a Medio Oriente”. 
    Los dos, sorprendidos, al ver el anuncio, solo teníamos la misma afición por el tema y algún que otro conocimiento. Nos percatamos de la poca idea que teníamos de arqueología. Al mismo tiempo, los dos estábamos con poco trabajo y teníamos un alquiler compartido a medias que pagar a fin de mes. Al menos estábamos dispuestos a ir a averiguar de qué se trataba.
    Nada más importante teníamos que hacer esa mañana, que cosa insólita, nos habíamos levantado ocho y quince. Entonces, respondimos al anuncio, y a las 10:00 en punto, estábamos en el castillo.
    Como les decía cuando todo había terminado y Jean pasó a buscarme por el aeropuerto, comentó con su típica excitación:                      — ¡Tenemos que llamar para avisarles!
     —Ya habrá tiempo para eso —recuerdo que dije y entonces agregué:
    —Ahora déjame que siga con mi relato: cuando bajé en Tel-Aviv me sentía tan improvisado como lo estuvimos desde el principio. Sin una idea mejor, me dirigí al museo donde se exponen los manuscritos del Mar Muerto. No te negaré que me sentí un agente secreto al mejor estilo 007. Sin mi inglés fluido, la misión simetría hubiera sido un rotundo fracaso. Pero, vayamos por partes. Como sabes no soy hombre de muchas vueltas.
    Jean lo confirmó y continúe:
    —Cuando llegué a Tel-Aviv, decidí que el alojamiento lo dejaría para más tarde. En busca de alguna buena idea que me sacara del atolladero en que ya me veía, fui directamente al museo, a ver los rollos del Mar Muerto.
    Me quedé mirando desde la pasarela el largo tubo que los contiene. Pero no fue necesario que pensara, o que siguiera guiándome, como hasta entonces, por la intuición. El Universo ya me estaba dando una pista.
    —¡La Creación nos guiará si nuestro camino es el correcto! —dijimos los dos al unísono, la frase de costumbre, mientras entrabamos en la autovía.
    Luego continué:
    —Delante del tubo que contiene los rollos, había un hombre de camisa blanca, pantalón negro, no muy alto, calvo, de gruesos bigotes y mirada profunda. Mientras se acercaba con las manos en los bolsillos, dijo: ¡No creo que pueda descifrar nada desde esa distancia! en referencia a los dos metros y poco que separan los rollos del público. Le repliqué:
    —¡No se preocupe. De ser necesario tengo binoculares!
    Luego me preguntó qué hacía en Tel-Aviv, pues se había dado cuenta de que era turista.
    —¡En conclusión! —dijo Jean.
    Continué:                             
    —Terminamos fuera del museo, en un café, conversando. Ahí fue cuando me enteré de que Omar era palestino y… oh casualidad…
    —No sé lo que dirás, pero es increíble que las cosas se fueran dando de esta manera —afirmé lo dicho por Jean y seguí:
    —Él tenía conocimientos sobre lo que estábamos buscando. Omar pertenece a una sociedad teosofísta —con cierta hilaridad, agregué:
    —No hace falta que te diga, Jean, lo que una honesta borrachera, puede llevarte a hacer.
    —Más a ti, que te ilumina el cerebro, como dices— agregó Jean.
    —Esa misma noche, con el riesgo de echar todo a perder, le confié la misión.
    Decidimos a media noche que lo mejor sería viajar a Jordania, a ver a un amigo de Omar que había regresado de Irak. Acá tendré que hacer una pausa, querido amigo— dije, mirando a mi socio con una emoción que me obstruía la garganta. Jean asintió y, entonces, pude continuar, mientras sentía en el rostro el viento que producía la velocidad del vehículo en la autopista— ¡Todavía no puedo creer que las cosas se hayan dado de esta manera! Esto es una comprobación que nos está dando el Universo ¡No puede ser de otra forma, Jean!
    —Perfecto, pero continúa— dijo mi impaciente compañero.
    —El amigo de Omar venía, ni más ni menos, de la mítica ciudad de Ur. Esto nos ahorró el trabajo de pagar a una persona la mitad de toda la ganancia, como habíamos quedado —Jean volvió a afirmar y seguí con el relato—. Sin contar el trabajo de adentrarse en Irak. Seguir el rastro de alguna de las supuestas veinte copias que, se dice, existen de los documentos de los dioses.
    Bien recordaba la pista que los dos viejos nos dejaron cuando llegamos al castillo. Que de las cinco que, seguramente, se perdieron en la guerra y que se encontraban en Bagdad, y si descontamos las que por error, ignorancia y sin saber su contenido, hubieran sido destruidas junto con los museos de Bagdad, por las tropas de ocupación— hice una pausa y continué—. Según los informantes de estos dos ricos filántropos, ningún gobierno estuvo ni está, en la búsqueda de los documentos. Las restantes, dicen ellos, deben estar en la milenaria ciudad de Kis, en Ur o en Babilonia.
    No fue necesaria la búsqueda. Delante de mí, tenía a la persona indicada. Un arqueólogo sirio que, con su equipo de excavación, había trabajado en la ciudad de Ur.
    En su Zigurat encontraron, sin duda; la información que a nosotros nos habían pedido.
   —A esa altura, supongo —agregó Jean—; mandaste el mail que decía: “Vamos por buen camino”
    —Sí, más precisamente, estábamos yendo por la ruta del desierto que une Tel-Aviv y Damasco. Fue antes de encontrarnos con el amigo de Omar, cuando, luego de tomar confianza, pude acercarme a las láminas con las fotos en escala 1:1.
    “Caí en la cuenta por las traducciones de las tablillas cuneiformes, y por el estudio que hicimos de ellas en el castillo, que ahí, precisamente, estaba la información que estos viejos locos nos habían mandado buscar.”                  
    Hice una nueva pausa mientras doblamos por una curva cerrada              —Te digo, Jean, que la cerveza, más el último licor que bebimos antes de decidir con Omar ir directo a Jordania, pagando un taxi a medias, me subió cuando estuvimos en la casa del arqueólogo. Ahí enfrente tenía al amigo de Omar, y con la mente… digamos, adelantada al tiempo por el alcohol, fue que pude leer las intenciones de estas dos buenas personas. Supe, entonces, que podríamos formar un equipo.
    Decidí esperar al otro día y, con la mente más despejada, seguir con el plan. Antes, agradecí al arqueólogo por mostrarme los hallazgos que habían realizado. Ya sabés como es la hospitalidad árabe. Me invitaron a quedarme. Me tendieron unas mantas en el living comedor, donde descansé y repuse fuerzas.
    A la mañana siguiente, luego de un té árabe, conversamos sobre las implicaciones de estos documentos. Enseguida noté en los ojos del amigo de Omar, cierto recelo por los manuscritos. Por un momento pensé que el plan podía echarse a perder. Entonces, mientras terminábamos nuestro té, guardé silencio por un rato.
    Los tres quedamos callados, contemplando el jardín delantero de la casa, con los dátiles movidos por el viento.
    Todavía no habíamos hablado nada con el amigo de Omar, con respecto a que yo necesitaba. Tampoco era tan absurdo su recelo, ya que había regresado de Irak hacía solo dos meses, en diciembre de 2007, con todo lo que ello conllevaba.
    Gracias a un buen silencio supe, que tiempo y espacio me eran propicios y, ofrecí 15.000 Euros por una copia. Le dije, también, que si aceptaba la oferta, tendría que llevarla esa misma noche. Esto último porque empecé a percibir que tenían cierta importancia… Repito, que cierta importancia que todavía nosotros no llegamos a comprender.
    No fue fácil convencer al arqueólogo. Omar hizo silencio y nos dejó que negociáramos. Al arqueólogo le hice ver que lo mejor sería llevarlos al Viejo Continente. Publicarlos en todos los medios, y que la gente se enterase de la verdadera historia de la humanidad.
    En esta parte no estuve muy seguro de haber sido honesto y, me dije, para no traicionar mi conciencia, que luego vería la forma de hacer realidad lo que estaba prometiendo. Entre tanto palabrerío, el arqueólogo entrevió la sinceridad de mis intenciones y accedió.
    Supe, entonces, que debía tomar el primer vuelo de regreso a Francia, a más tardar al otro día y cuanto mas temprano mejor. Eso fue lo fácil. El problema fue explicarle luego, a solas a Omar, que todavía no contaba con el dinero, pero que los dos debían confiar en mí, porque era hombre de palabra. Si así lo creía, él por supuesto. Ni bien nos pagaran a nosotros, así le dije a Omar, le mandaría la plata. 
    —¡Contaste todo lo de filántropos locos! —dijo Jean con media sonrisa.
    —Sí, le ofrecí con toda humildad, otros 5000 Euros más el pago del taxi de vuelta. Esto último, el costo del taxi, por adelantado por supuesto, por el favor de haberme presentado a su amigo, y por el trabajo de convencerlo.
    — ¡Lo lograste! —dijo Jean alegre y nervioso.
    Le respondí golpeando el maletín, y continúe:
    —¡Por eso, ahora debemos mandar 20.000, ni bien paguen!
    Sin dudar marqué en mi celular el número que me habían dejado los filántropos. Enseguida llegó la comunicación satelital.
    —Hola, señor Thomas. Sí, lo reconocí por la voz.  Le tengo buenas noticias: estamos yendo para el castillo y tenemos lo que ustedes pidieron. Sí, sí los mismos documentos, las formulas matemáticas que usted me había mencionado. En media hora, bueno entonces eso me da tiempo para darme un baño en su castillo. Sí… mantengo el buen sentido del humor. Hasta luego, señor.
    Todo esto le conté a mi buen amigo Jean. Así, ni bien llegamos al castillo me di un buen baño y, el timbre sonó dos veces. Bajamos apresurados. Afuera se veía el auto de los dueños.
    Un negro sedán con chofer incluido, sumamente pulido. Los dos viejos, con una gran sonrisa, bajaron alegres por las puertas traseras.
    —Señor Thomas —dije, mirando al que descendió por el lado del conductor.
    —Mi querido e intrépido caballero —respondió y agregó: trajo el Tetramenitrón, pieza única de esta humanidad.
    —¡El documento que dejaron los dioses, para instruirnos en la creación de civilizaciones! —dijo enseguida el otro caballero, mientras terminaba de cerrar la otra puerta del auto.
    —Sí.
    Luego de una pausa, el señor Thomas agregó:
    —Señores, acá nos separamos. Pero antes, acá tienen el pagó por su trabajo.
    Nos extendió dos sobres con números de cuenta. 
    —¿Para retirar por ventanilla?
    —Sí, exactamente y arrivederci —respondió por ultimo el señor Thomas.
    Así nos separamos, como cuatro caballeros. Pero con un poco de sospecha, mutua entre ambos pares.
    De vuelta en la autovía y en el Citroën, Jean preguntó:
    —¿No tienes miedo que estos viejos nos manden a matar?                     
    —Pensé en eso…—miré a mi amigo y, con la seriedad del momento, continué—. Mandé una copia de los documentos a nueve embajadas indicando cómo llegar al castillo. Y, ahora, lo primero es hacer una transferencia de 20.000 Euros a una cuenta en Tel-Aviv.
    Entonces, Jean me miró, puso su mano en forma de gatillo, y simulando una pistola, me disparó con el dedo.
    Esto me recuerda un dicho “Puedes meter la cabeza en la boca del león, pero no te olvides de sacarla antes de que la cierre” También pensé: “Todo esto puede que sea un trabajo de la conciencia de esta civilización. Para buscar sus equívocos, sus principios existenciales”.
    París ya se perfilaba en la distancia.