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Lucas Alonso Escritor

sábado, 22 de octubre de 2016

Cuento del sábado: El planeta Amarillo



El Planeta Amarillo




I

En aquel bello planeta de desiertos extensos y cielos sin nubes, en una de las tantas formaciones rocosas del país de Kumbu-La, vivía un científico de la abstracción. Morlo era su nombre, y desde la terraza de arenisca de su casa, observaba los rayos de Alberta que llegaban a la cueva. Descansaba con una taza de té de cactus, en su mano derecha delantera. Era un momento de calma y placidez, hasta que una ráfaga de viento le hizo recordar la fantástica historia de su especie. De aquellos gráciles seres cuadrúpedos que, en épocas pasadas, corrían por los bajíos de altos follajes. De aquellas primeras aventuras de los antepasados por los extensos desiertos de su mundo.
    El paisaje hipnotizaba al científico, mientras sacaba la cuenta de que hacía unos 102.000 giros de Amarillo a Alberta, su pueblo, gracias a una antigua y venerada civilización galáctica, había tomado conciencia. También, en el paisaje de la ventana, se veía cientos de unas flores muy particulares. Morlo sabía que, según antiguas historias, estas  flores, habían sido creadas por la misma civilización, que otrora le diera conciencia a su pueblo. Sabía que esta civilización, en busca de un destino, había partido rumbo a las estrellas.
    El pueblo de Morlo tenía otro legado de esta misteriosa civilización: el idioma y el nombre de su especie, “Agulares”, palabra que deriva del hecho de tener cuatro manos, dos delante y dos atrás.
    Con el tiempo, al descifrar los antiguos textos, los agulares aprendieron a crear las flores minerales y de metal. Estas, desde el alba hasta el crepúsculo, brillan en los horizontes desérticos de Amarillo.
    Pero, ¡no crean que los Agulares están solos en esta tierra! Cuentan con la ayuda de una interesante especie que puebla la gran Galaxia: la especie humana. Juntos, dan forma a las flores que adornan los paisajes de este mundo desértico y rocoso.

II

Morlo observaba el paisaje con su catalejo por las amplias ventanas de arenisca que, de modo natural, se forman en la roca amarillenta.
    ¡Había miles de flores!
    —Todo tiende a su centro y se estabiliza —dijo en vos alta.
    Miró a su última creación: La Flor de Oro y al verla brillar, pensó: “Mucha luz llega desde Alberta…”.
    Por la escalera irregular subía un humano de pelo castaño y le preguntó:
    —Sigus… ¿cuál es el número que el cielo dispuso para regir al orden estelar?   
    —¡Trece! —respondió el humano que, además era su asistente en la tarea de crear las flores minerales.
    —Si  el trece es el número con el que está construido el Universo, querido Sigus, ¿debemos suponer que son trece las divisiones del infinito?
    —Creo, Morlo, que es probable que sean trece…                —respondió de manera escueta el humano.
    Sigus hubiera dado una respuesta mejor, pero sus pensamientos estaban a una legua de distancia, más precisamente, en el terreno de su casa, donde experimentaba con algo maravilloso. Pequeños y finos pastos. 
    “¡Una verdadera alfombra viva!”, pensó orgulloso Sigus, y siguió: “Hice un verdadero milagro, porque en estado natural, crece muy disperso y despacio”. Entonces, se preguntó si el diálogo con el científico, que cada veintiocho vueltas de Amarillo a Alberta, le pagaba su sueldo, no se debería a que, con su telepatía, el agular sospechaba algo. Sospechaba que su atención estaba en el experimento de su casa.
    —Ya que no me prestas atención, eres libre de irte a tu casa —dijo el científico de la abstracción, que había leído los pensamientos de su empleado.
    El tiempo pago se había cumplido y Sigus,  acostumbrado a la telepatía de Morlo, sólo se creyó en la obligación de despedirse. Como se acostumbraba, saludó al agular con una mano. Ya en el camino bordeado por las piedras naranja fluorescente, sus preocupaciones regresaron. Pensaba en su esposa. Ella estaba extasiada con su experimento, pero a diferencia de él tenía sus propias ideas sobre lo que aún consideraba magros resultados.
    “¡Emma desea comerse el pequeño pasto!”, se dijo Sigus, angustiado, y dejó su habitual paso tranquilo y comenzó a caminar mas rápido. “Debo hacer lo imposible para convencerla de que ése no es el destino que he elegido para mi experimento”, se dijo cuando Alberta con sus rayos solferinos marcó el fin de aquella jornada.
    Llegó a la puerta de su casa de piedra. Un millardo de estrellas se asomó en el cielo y Emma, al verlo entrar, comentó:
    —Cuidaba tu experimento y me preguntaba, ¿qué vas a hacer con tan rico pasto?
    Sigus se sacó el poncho, se dejó el quitón y confesó:
    —Emma, ¿cuántas veces tengo que decírtelo? No lo veas como un alimento. Es sólo un experimento...               —Ella lo miró y él prosiguió—: Para algo cobramos un sueldo con el que podemos comprar vegetales.    
    Dejó el poncho en el perchero:
    —Vayamos al mercado y…  
    Pero no pudo terminar. Emma entró en un ataque de histeria y a grito pelado, exclamó:
    —¡Los vegetales del mercado no son ni la mitad de nutritivos que los de tu cultivo!  ¡Y estos los tenemos acá, sin tener que caminar una legua!
    —Emma querida, vayamos por partes —dijo un Sigus conciliador y en un intento de calmarla, agregó —: Salgamos a ver el cielo nocturno…
    Su esposa aceptó, no muy convencida, y luego de algunas vueltas, en las que ordenó enseres, al fin salió a observar el espectáculo del centro galáctico. Se sentó en el suelo junto a su esposo y, con imaginación, los dos vieron cómo el millardo de estrellas de múltiples colores hacían las veinte constelaciones  de ramilletes de flores geométricas. Varias estrellas fugaces cruzaban el firmamento. Un sordo silencio cubría el cielo y Emma fue la primera en hablar:
    —No quiero que pienses que estoy en contra de tu experimento… —Sigus se ordenó el pelo enrulado, sonrió, la acarició y ella continuó—: Sólo quiero saber cuál va a ser la finalidad de todo esto…
    Miró a su hermosa mujer con cariño y dijo:
    —Voy a contarte...
    —Soy toda oídos...
    —Una vez tuve un sueño. En ese sueño, el mundo aparecía cubierto de los más deliciosos pastos que alguna vez hayas probado… —sacó su pipa, preparó el tabaco—: ¡He descubierto una fórmula!
    —¿Para qué?
    Sigus parpadeó y respondió:
    —Para crear alfombras verdes y con ellas, cubrir nuestro desértico planeta —extendió la mano como si abarcara el horizonte—. ¡Nuestro mundo sería verde Emma! ¡Todos comeríamos del mejor pasto!
    —¡Podríamos volvernos ricos! —exclamó ella.
    Sigus supo que lo decía en broma. Rieron juntos, se les quitó un gran peso de encima y entonces se dijo a sí mismo: “Ahora sé que mi experimento está en buenas manos…”.







jueves, 20 de octubre de 2016

Mis libros editados por Pocket Editorial,



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sábado, 15 de octubre de 2016

Slam Capital Copa "'Fuego en los Bidones"' 2do Puesto Lucas Alonso

viernes, 14 de octubre de 2016

Poesía del sábado: Intuición

Intuición




Dentro de la marea de la Vida
la intuición se percibe como tiempo.


Los tiempos son momentos.
Instantes especiales en que la voz interna habla.


Si la levedad del ser actúa sobre el continuo del espacio tiempo,
¿Un deja-vú, es un tiempo?


Superando la esfera que hasta ahora los limitaba,
Los seres de arenilla ahora se propagan…




martes, 11 de octubre de 2016

El Metro de Terciopelo Vol. 29 Edición especial Moroca lo Huevo parte I

sábado, 8 de octubre de 2016

Poesía del sábado: El sentimiento es eterno

 El sentimiento es Eterno




Salta y cae, siempre el mismo dilema.
Animus, enemigo de la Luz, ataca de nuevo.
Su camino lo condena.
Que el ruido no detenga tu camino.


Somos los Guerreros de la Luz
Los que siempre volvemos,
una y otra vez, de una punta a otra de la Galaxia.


Presentar batalla: he ahí el desafío.
Si estas palabras resuenan en tú corazón,
sabrás que llegó el momento.


La Luz vuelve siempre a su fuente,
protege al elegido.
No te dejes engañar,
sigue el único camino.









viernes, 30 de septiembre de 2016

Poesía del sábado - Poetry Saturday - Rey Arturo - King Arthur

Rey Arturo


  
Arturo vive dentro de ti
Tú lo has creado a través de milenios…
Existe en cada uno de nosotros
Los guerreros del arco iris



Somos los que buscamos el bien en el prójimo
Desinteresados ayudamos al que está en el camino
Para que un día, que está próximo
Todos juntos desenvainemos la Excalibur



Ese día veremos la cara del enemigo
Y en combate perderá su poder
Seremos, entonces, nosotros
Los hijos de la Tierra que reclamamos la herencia


  
King Arthur


  
Arturo lives within you
You've created over millennia...
Exists in each of us
Rainbow Warriors



We are those who seek the good in others
Disinterested it help that is on the way
For the one day in the future
All together unsheathe the Excalibur



That day we will see the face of the enemy
And in combat lose its power
At last we will be ourselves
Earth's Children we claim the inheritance







     


lunes, 26 de septiembre de 2016

El Metro de Terciopelo Vol. 28 entrevista al director de cine, escritos y músico Gustavo Sidlin

sábado, 24 de septiembre de 2016

Cuento del sábado: El Universo depara sorpresas



El universo depara sorpresas






Ese día estaba bastante inspirado, por eso, decidí poner unas palabras con el teclado.
    Luego de una corta frase que ahora no recuerdo, junto a una coma, sin querer, apreté mayúscula. Grande fue mi sorpresa cuando vi el resultado: una “,” Mayúscula ¡Pero mi asombro no terminó ahí! Llevado por el nuevo descubrimiento probé con un signo de interrogación. Esta vez, no salió mayúscula. En cambio, apareció un símbolo cuneiforme mesopotámico. Entonces, entendí que no eran mayúsculas.
    “Algo debe de estar pasando con el teclado,” pensé mientras tiraba letras al papel virtual y más letras sumerias salían. También descubrí que, si apretaba dos veces una letra, aparecía un nuevo significado, distinto del primero. Los símbolos representaban: “A”, ondas de agua,  “B”, beber y también buey, “C”, cebada y también cabeza, “D”, doméstico y hombre, “I” ir, “P” pez, “M” montaña, “T” Tierra y territorio, “V”, mujer. Como sólo tenía que poner la letra y salía en este idioma, al final aprendí a escribir un poco de sumerio. Luego, lo único que tuve que hacer fue aprender cómo se relacionaban los símbolos.
    Soy traductor de idiomas mesopotámicos, y nadie sabe mi secreto.

    El universo depara sorpresas…   

















lunes, 19 de septiembre de 2016

F.l.i.a La Plata 2016

viernes, 16 de septiembre de 2016

Poesía para un día sábado: La invasión de los panaderos

La invasión de
los panaderos


Hay un instante, en otoño, cuando las hojas amarillas y anaranjadas se funden con el atardecer. Ahí, empieza la magia…

Los árboles hablan con el viento,
 el humano baila con el árbol;
una canción de amor se oye entre las hojas danzarinas.

Pequeños seres se esconden y agregan compases y acordes.
Compañero grillo, ¿dónde te has metido?
¿Has volado por ahí sin rumbo fijo?

La arena se zambulle en la marea.
Escuchemos el canto del agua y…
Que los panaderos vuelen hacía el verde gramillo.





viernes, 9 de septiembre de 2016

Cuento del sábado: Caballero sin caballo

Caballero sin caballo




Con su armadura oxidada iba el caballero sin caballo, hacía un sinfín sin destino. Su camino era difícil, de esos traicioneros, donde un pozo puede contener una serpiente y cada esquina deparar un desafío.
    No había recorrido mucha distancia cuando la primera extrañeza de su aventura se le apareció en forma de serpiente emplumada.
    Nunca creyó que un ser así pudiera existir. Pero ahí estaba, flotando en el aire con un cuerpo verde lleno de escamas y dos pares de alas, de plumas rojas y azules.
    La serpiente emplumada dejó asomar su lengua bífida y preguntó:
    ¿A dónde quieres ir, si aún no conoces tu camino?
    El caballero, sorprendido de que la serpiente hablara, respondió:
        Se hace camino al andar y si uno se pierde, se desanda.
La serpiente hizo otra pregunta:
    Entonces, ¿aceptas que puedes estar en el camino equivocado?      
    El caballero vio que la serpiente tenía intención de confundirlo y respondió:   
    —No importa si avanzamos o retrocedemos, siempre estamos en el mismo lugar. Sólo cambia el escenario. Pues como el camino es ilusión, es todos los lugares al mismo tiempo.
    La serpiente se esfumó.




    

lunes, 5 de septiembre de 2016

En esta pre-primavera, se viene la feria del libro independiente de la ciudad de la Plata


Este mes primaveral, se viene la Feria del libro Independiente de La Plata. Un espacio de encuentro entre editoriales, con música en vivo, charlas, talleres, proyecciones y más...
La F.L.I.A se hará los días 17 y 18 de septiembre a partir de las 13:00 hs en la plaza San Martín 54 e 6 y 7. 





viernes, 2 de septiembre de 2016

Cuento del sábado: El Planeta Rojo

El Planeta Rojo 



i

Thephoris era diplomático y hacía varios años que trabajaba en el imperio del Polo Norte. Elyseum, donde intentaba saldar cualquier inconveniente que pudiera surgir con el otro imperio del planeta, el sureño imperio regido por la estrella Antares, la corporación Atlantis.  
    El sueño de toda su vida, era la unión de los dos reinos en una sola nación planetaria, intentar lograr esto, le había llevado mas esfuerzos de los que deseaba.
    Las potencias que actuaban como fuerzas de contingencia, Thephoris sabía que le iban a hacer lo imposible para que no lograra su objetivo. “Tal vez, la ubicación astrológica de mi amado mundo en el Universo, impide un mayor avance’’ decía.
    El día anterior, su ayudante Hellium había invadido su intimidad y sueño al despertarlo de mañana por el intercomunicador planetario. El tema: un problema climático en los ecuadores.
    El lugar referido, era la línea divisoria marcada por las luces cristalinas láser. Eran los límites que marcaban la frontera entre los dos reinos polares. Las luces cristalinas bordeaban todo el ecuador del planeta.
    Thephoris recordó que el día anterior fue cuando le llegó la noticia de boca de Hellium. Ahora, un sentimiento de que las puertas de un infierno habían sido abiertas le provocaba un extraño cosquilleo interno.
    Era una premonición que estaba dentro de él.
    ¿Qué sucedería en su amado mundo? En este hermoso mundo de infinitos oasis, de desiertos mezclados con selvas, que invitan a recorrerlo, pues la temperatura es muy benigna.
    El clima no reclamaba más que estar bien provisto de víveres y de una bolsa de dormir para recostarse y mirar el cielo estrellado y al planeta azul que todas las noches, se eleva por uno cielo solferino.
    ¿Cambiaría algo de las frágiles selvas que crecían en infinidades en todo su mundo y que, como joyas verdes, como jardines perfectos, llamaban al deleite y a la meditación?
    ¿Era ésta una fisura entre los dos imperios surgida de la nada con la que se encontraría al llegar en barco a su destino?
    Thephoris no quiso seguir con mas especulaciones. Dejó sobre la mesa el cilindro con la bebida caliente que acostumbraba tomar en las mañanas y partió en busca de un taxi que lo llevara al puerto donde una embarcación lo esperaba.
    Tenía por delante dos días de travesía.

II

Al paso del taxi triciclo descubierto, la hermosa capital de Elyseum se levantaba majestuosa con sus torres de cristal.
    Thephoris ahora estaba rodeado de jardines colgantes de vasta vegetación, con profusión de flores. Iba a cien kilómetros por hora, por una de las avenidas principales de arena vidriada. Cada mil metros, la avenida a sus costados, cambiaba de especies vegetales, aromas y colores que él ahora disfrutaba.
    Edificios piramidales o de otras formas como las esféricas, se levantaban en cada esquina. En sus intersecciones, las avenidas de grandes obeliscos de cristal cortaban la capital en ángulos de cuarenta y cinco grados.
    El viaje no duró mucho y, en menos de dos horas, se trasladaba por la avenida costanera.
    A diez kilómetros de distancia, con la pirámide del Gobierno Central se elevaba como un cerro y era rodeada por cientos de otras pirámides mas pequeñas que a la distancia crecían de manera escalonada. 
    Un movimiento incesante de cargas de diverso tipo se desplegaba por tierra y aire con diferentes destinos a todas partes del sureño Atlantis.    
    —¡Profesor Thephoris! ¡Profesor Thephoris!
    Ahí estaba su ayudante. Este lo esperaba para despedirlo junto al muelle y, al llamarlo profesor, le recordaba su antigua profesión, pues Hellium había sido alumno suyo y nunca había dejado de anteponer el título al nombre.
    —Ayúdame a bajar de este vehículo y dame un abrazo.
         Hellium ayudó a bajar a Thephoris y este agregó:
    —La misión que me espera necesita de todas mis fuerzas. 
    Hellium ayudó a su viejo profesor y mentor a bajar del triciclo y, luego de abrazarlo como a un viejo amigo, lo acompaño al embarcadero.
    —Tiempos difíciles nos esperan —decía Thephoris con su caminata dificultosa por la edad y su media sonrisa característica—. Si lo que tú dices es cierto y mis conjeturas también, el principio de un posible fin se cierne sobre nuestro bello y  frágil mundo.  
    Su alumno, mientras seguía sus pasos, meditó un momento y dijo:
   —La alineación de las estrellas así lo marcan. Estoy seguro de que hay un cambio en el clima de nuestro planeta. Esto sucede cara cuarenta mil años y todos los gobernantes y sabios de nuestro mundo parecen haberlo olvidado —el joven y astuto discípulo miró a su profesor para ver si agregaba algo y, viendo que no, concluyó—: Acá está el informe, profesor Thephoris.
    Le alcanzó una carpeta de proporciones considerables con dibujos estelares en azul y amarillo dorado. Hellium se cubrió los hombros con su capa para protegerse de la fuerte brisa del mar le enfriaba el cuerpo, y dijo:
    —¡Que los dioses de Arcturo te guíen, sabio Thephoris!
    —El camino estelar guiará a nuestro velero por el mar —Thephoris hizo una pausa donde Hellium vió el brillo característico de los ojos de su mentor—. Tal vez, cuando llegue a mi destino, no encuentre nada…
    Embarcó rumbo al mar de las Sirenas, donde en sus aguas tropicales, la naturaleza universal, había creado los mas magníficos especímenes de grandes peces que un mundo pudiera contener. Los peces rojos pegasus con sus colas multicolores de hasta doce metros que, para observar desde la superficie marina  a las embarcaciones, siempre se acercaban con sus grandes ojos curiosos.
    Hacía tiempo que no subía a un barco y, a pesar de la obligación de su misión, estar de nuevo en el mar le causó placer y nostalgia de tiempos pasados. Además el camarote que recibió por su cargo en el Gobierno Central era casi tan amplio como su propio departamento.
    Desde la ventana oblonga lateral tenía una magnífica vista del mar oscuro y profundo. Contempló el paisaje por la gran ventana. A Thephoris el paisaje le despertó el apetito, entonces pidió algo de comer.
    Mientras esperaba, se recostó en un mullido sillón…
    El atardecer lo deleitó con un horizonte de anillos provocado por las lagunas artificiales que causaban una especia de hipnosis al paso de la embarcación mientras también revelaban la forma redondeada de la costa.
    El agua marcaba líneas doradas por la caída del sol.
    La primera noche, Thephoris se quedó en la cubierta. La estrella Arcturo se elevó marcando el polo norte y, la brisa marina le rozó la cabeza.
    Pasó la noche mirando el firmamento y, pensando soluciones para un problema que aún no podía palpar. Cuando el amanecer con el planeta azul se asomó en el horizonte, decidió ir a descansar.
    El segundo día navegaron por donde los monzones todos los años nacen desde la salvaje Zephyra.  
    Observó
    Los cultivos de algas azules que se extendían hasta el horizonte visible y daban alimento y abundancia a su planeta. Eran también la tranquilidad de su gente y la paz de su mundo.
    Implantadas por ambos Imperios, los campos marinos proveían de un alimento proteico y tan abundante que no hacía falta disputar.
    Milenios pasaron desde que Elyseum y Atlantis se organizaron para crearlos. La labor y su uso los había unido en una paz duradera y Thephoris, como buen diplomático, estaba orgulloso de los campos de algas azules.
    El tiempo transcurrió en un campo de algas casi infinito. Pero antes de llegar a destino, a media mañana del segundo día de travesía, primero como un espejismo en los horizontes de algas, luego, en contraste con el mar azul profundo, en pequeños manchones de arena, aparecieron de la nada desiertos rojizos.
    Sí: sus oscuros pensamientos eran certeros. Un golpe al orgullo de su raza aparecía en forma de arena pantanosa.
    Los cultivos marinos eran el orgullo de su humanidad y ahora estaban siendo atacados por un virus de arena roja.
    Esa mañana Thephoris permaneció observando las manchas grotescas de arena que ensuciaban las algas. Con perspicacia, se dio cuenta de que esa aparición se debía a cambios en los ciclos naturales, que la matemática certera de su sabio ayudante Hellium le había mostrado días atrás con firmeza aplastante.
    Una gran angustia llenó su pecho.
    Pensó que individuos de pobre mentalidad, cercanos a las sedes de poder, utilizarían esta información para crear conflictos.
    A la tarde, la embarcación de ciento cincuenta metros de eslora, tuvo que maniobrar contra un banco de arena amarilla pestilente. Thephoris con tres ayudantes trasbordó a una lancha de navegación por esos pantanos para continuar rumbo al ecuador. Los demás quedaron en el barco para pedir ayuda a causa de esas malas nuevas.  
    Para esta época del año el clima de la zona ya no parecía el mismo. Un viento caliente llegaba desde los ecuadores y por las lecturas de los mapas electrónicos, faltaban selvas de importancia. Parecía que todo había sido tragado por un pantano arenoso en plena expansión.
    Por la falta de agua, la lancha se deslizaba por la arena.
    A media tarde, debieron seguir a pie.
    Llegaron a un área ecuatorial que, ahora, separada por grandes avenidas de arena roja, otrora, ya no estaba salpicada de oasis vegetales.
    Descansaron en el nuevo desierto para continuar al día siguiente.
    A media mañana del tercer día de travesía, un nuevo desierto de promontorios de roca, que antes tapaba la selva, se extendía por todas partes.    
    “Es inesperada la velocidad de este cambio”, pensó Thephoris ya agotado, cuando el intercomunicador de cristal de cuarzo que llevaba en la cintura, empezó a sonar con una suave campana y a titilar con una luz rojiza.  Hellium lo llamaba.
    Como si los acontecimientos hubieran provocado en su discípulo un cambio de personalidad, antes diplomática y ahora belicosa, Hellium nervioso pero con voz firme expresó:
    —¡El imperio de Atlantis está preparando rayos láser en dirección a Elyseum, nos culpan de iniciar una guerra climática con armas biológicas! —hizo un silencio que a Thephoris le pareció eterno y, continuo—:  Nos dan dos semanas para revertir los cambios climáticos que afectan los cultivos de algas y la captura de peces. La población de peces pegasus que consumen los atlantianos  está disminuyendo y también nos culpan de ello.
    Tuvo la impresión de que una nube negra se asomaba y cubría todo su mundo. Thephoris vio que, desde dimensiones eterices y no visibles a los suyos, la contingencia ganaba poder y hacía trizas sus deseos de unir a todo el planeta en un solo imperio. Pensó en llamar al grupo de sabios del gobierno de Elyseum para hablar con Atlantis de lo que él ahora sabía.  
   
III

Sin embargo, aunque Thephoris y su ayudante Hellium explicaron el asunto, que eran cambios provocados por un ciclo planetario, y que muchos más en Atlantis también lo hicieron. Las fuerzas de la contingencia tomaron poder de las débiles voluntades de gobernantes sin espíritu. No paso mucho hasta que el conflicto armado se desató por todo el planeta rojo y ya no solo los desiertos avanzaron, sino que las dos grandes civilizaciones polares quedaron hechas escombro y polvo.
    El planeta Marte nunca más se recuperó de ese desastre hasta la llegada del hombre del planeta azul.